Así lo recuerdo
Por: Juan Carlos Arango Espitia
No es la muerte la que duele, sino la ausencia de quien se va.
‘Epifanio del Cristo Martínez’ en Caballo viejo (1988)
Hace un año, cuando Bernardo Romero Pereiro, el libretista, el
reconocido director de la televisión colombiana murió, se detuvo
para siempre una de las plumas más talentosas que ha visto este
medio en poco más de cincuenta años de presencia en nuestro país.
Polifacético, disciplinado e inquieto, Romero Pereiro fue testigo
de excepción del desarrollo de la pantalla chica, en principio
porque ser hijo de figuras como Bernardo Romero Lozano y Carmen de
Lugo le permitió desde muy niño un contacto permanente con los
escenarios, y luego gracias a su riguroso trabajo detrás de cámaras
y al gran talento que exhibió para dar vida a personajes de hablar
ingenioso, humor corrosivo y envidiable certeza existencial.
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Así lo recuerdo
Adriana Romero Henríquez.
El Áncora Editores, Bogotá,
2006, 104 p.
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Con el fin de ofrecer una visión más íntima de ese hombre que nos
habló a través de innumerables historias, su hija Adriana Romero
Henríquez lanzará este 11 de agosto, en la Sede Cultural del
Convenio Andrés Bello, el libro Así lo recuerdo, recuento
apasionado de momentos imborrables del padre, el esposo, el hijo, el
abuelo, el amigo que ella conoció y al que ahora nos acerca por
medio de este desahogo cargado de gratitud, admiración y nostalgia.
Adriana Romero recurre a un “terso estilo”, como apunta Daniel Samper Pizano en el prólogo de este escrito dedicado a la memoria de
su entrañable amigo, para dibujar su propia impresión de la figura
del febril escritor que amaba la vida con sus placeres más elevados
y más terrenales, pero sólo vencía su temor hacia la muerte
conjurándola con la voz de héroes inventados, como el inolvidable
Epifanio del Cristo Martínez que nos recordó que “la vida es una
vaina muy seria, cómo será de seria que la única cosa que acaba con
ella… es la muerte”.
El libro aborda algunos momentos importantes de la trayectoria de
Bernardo Romero Pereiro, como su aventura estudiantil en Cinecittá;
su crucial vinculación con RTI Televisión y correspondiente amistad
con Fernando Gómez Agudelo; el coraje de atreverse a fundar
Coestrellas, su propia productora y programadora; o la
interpretación a solas, en su estudio y en voz alta de los diálogos
que escribía, sin importar el sexo o el acento que requirieran.
Sin embargo, gran parte del texto se concentra en la lucha contra
su terrible enfermedad: los momentos de esperanza cuando se añoraba
un milagroso alivio, la infatigable búsqueda de información médica
que le permitiera hacer más llevadera la convivencia con el mal, su
maltratado estado anímico, la final aceptación de una partida
definitiva, y los últimos instantes en brazos de su querida esposa,
quien “lo recibe como la virgen a su hijo en La Piedad”
mientras sus ojos “miran lo que en verdad es el infinito y se
vuelven de piedra”.
Alguna vez Bernardo puso en labios de uno de sus personajes una
de esas frases célebres que tanto disfrutaba decir a través de
ellos, y lo hizo además con el cuerpo y la voz de la actriz que era
al mismo tiempo su musa y su amor de muchos años: Judy Henríquez. En
esa ocasión ella era la Vieja Sara, la madrina de Rafael Escalona,
quien más que hablar sentenciaba, y así lo hizo cuando afirmó que
“la vida es fácil, lo que es difícil es vivirla, porque a la vuelta
de cada esquina la vida te está esperando con un perrencazo”.
Bernardo sabía muy bien cómo era la vida y conocía a la perfección,
también nos lo recuerda su hija, cómo era el alma de las mujeres;
por eso muchas de sus mejores líneas iban para ellas, para hablar de
la vida o de la muerte, como cuando la inolvidable Tía Sena de
Caballo viejo reconoció que esta última “puede consistir en ir
perdiendo la costumbre de estar vivo”.
Bernardo Romero Pereiro perdió hace un año “la costumbre de estar
vivo”, pero nos dejó para siempre su propio universo de historias y
personajes. Ahora su hija nos da la oportunidad de conocerlo un poco
más, en la intimidad de su vida y de su muerte, en los momentos que
marcaron su entorno personal, delimitaron su carrera profesional y
lo convirtieron en el hombre que ella recuerda, “un monstruo, un ser
realmente genial”.
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