Imágenes y cinemas del Quindío
Por Juan Carlos Arango Espitia
La Fundación Cine Club El Mohán, establecida en 1982, recibió un
estímulo por parte del Ministerio de Cultura en la Convocatoria del
Fondo para el Desarrollo Cinematográfico 2006, en la categoría
‘Formación de públicos de carácter ocasional’, gracias al ‘Homenaje
visual al Quindío en sus 40 años como departamento’. El premio
permitió la realización de una exposición itinerante sobre la
historia de la fotografía en ese departamento, inaugurada el pasado
mes de julio.
Con motivo de este reconocimiento, reseñamos el libro Imágenes
y cinemas del Quindío, donde Jorge Hernando Delgado Cáceres,
director de El Mohán y docente universitario, reconstruyó la
historia de los teatros quindianos, a partir de un compendio de
entrevistas realizadas a numerosos protagonistas de la exhibición
cinematográfica en el Eje Cafetero, con base en una exhaustiva
investigación en archivos particulares y públicos, y la recopilación
de cerca de 180 fotografías de los doce municipios que conforman
Quindío.
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Imágenes y cinemas del Quindío
Jorge Hernando Delgado C.
Fundación Cineclub El Mohán, Armenia (Quindío), 2003, 184 p.
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El autor parte de los ocasionales viajeros en mula que llevaban
de una aldea a otra las atracciones de feria de la época: la cámara
fotográfica, el gramófono y, por supuesto, el cinematógrafo. De esta
manera nos recuerda que “entre la espesa selva”, junto a circos
ambulantes y galleras, los cinemas nacieron en Quindío.
Con cierta nostalgia, Jorge Delgado señala que, durante los
primeros decenios del siglo XX, “en cada uno de los 12 municipios se
montó, adecuó, o se construyó un teatro”, mientras ahora, en tiempos
de salas múltiples que proliferan por todos los centros comerciales,
“sólo tres municipios del departamento (Armenia, Calarcá y La
Tebaida), exhiben películas en 35 milímetros”. ¿Qué llevó a que esto
sucediera? Este consagrado cineclubista intenta arrojar algunas
pistas, que van desde el mal manejo de algunos establecimientos
hasta la inconveniente ubicación de otros, sin dejar de lado hechos
fortuitos, como los habituales incendios, provocados por la fácil
combustión del nitrato de celulosa de las películas y que acabaron
con teatros enteros como el Apolo, o el terremoto que estremeció al
Eje Cafetero en enero de 1999.
Gran parte del libro está escrito a partir de un cuidadoso
entramado de anécdotas y opiniones de hombres y mujeres —algunos
ancianos, otros no tanto— que construyeron fragmentos de esta
“historia visual del departamento”.
Así es como nos enteramos por Aldemar Arcila Castaño,
proyeccionista aguadeño, que en el Teatro Municipal de Armenia se
proyectó María (1922) de Máximo Calvo y Alfredo del Diestro,
en una añorada época en que las lámparas de proyección funcionaban
con filamento de carbón y no con bombilla de gas zenón, porque “el
carbón da mejor proyección, la bombilla se va agotando, la imagen se
va desapareciendo”.
También cita a Jorge Ospina, publicista que afirmaba haber
pintado carteles “mejores que el del afiche original”; o Iván
Panesso, poeta que evoca esos tiempos en que la oscuridad del teatro
permitía el surgimiento de un noviazgo “más prudente, más medido”; o
Silvio López, operador del Teatro Municipal de Quimbaya, que lamenta
su destrucción y asegura que ahora “la gente no tiene con qué
entretenerse, se acabaron los teatros”: múltilples impresiones de
una era inolvidable en la historia de la exhibición cinematográfica
en Quindío, una era que, para bien de cierto progreso industrial o
para mal de los cinéfilos de antaño, persiste apenas en los relatos
nostálgicos de unos cuantos hombres que se consagraron en oficios a
los que, en muchas ocasiones, llegaron de niños con la simple
invitación de un operador de turno o un dueño de teatro que
cualquier día les dijo “¿a usted le gusta esto chino?”. |