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Los géneros en la catalogación

Por Juan Carlos Arango Espitia

Los géneros en la catalogación

El asunto de los géneros es uno de los principales puntos de debate en los talleres y seminarios donde se aborda la catalogación del material audiovisual: siempre surgen voces a favor y en contra de incluir éste o aquel género entre las opciones que el catalogador, casi siempre ajeno al mundo de la televisión y el cine, debe contemplar en su labor de clasificación.

Las razones son muchas y todas llenas de argumentos que justifican una u otra posición: los referentes culturales, la tradición bibliotecológica, las pautas industriales y la influencia de un medio sobre otro (la literatura en el teatro, éste en la radio y ésta, a su vez, en el cine y la televisión y, de nuevo, en todos los sentidos posibles). Como sea, se percibe una situación clara: los géneros están "vivos" y se resisten a clasificaciones permanentes, estables y universales. Un género (o formato, porque acá también hay opiniones encontradas en el término adecuado) con amplio desarrollo en una década, puede pasar al olvido de un momento a otro (basta comparar el auge del reality show hace pocos años en la televisión colombiana y el escaso, casi nulo, despliegue actual).

A eso hay que sumarle otra variable de gran importancia: la constante hibridación que, sobre todo en la televisión, presentan los géneros. Las telenovelas mezclan, desde hace muchos años y sobre todo en Colombia, el melodrama con la comedia o el musical; el reality show es, desde su propio origen, un mosaico de géneros como el concurso, el melodrama y el reportaje, además de incluir subgéneros como el reality de superación (por transformación o por talento), el de convivencia o el de supervivencia. El abanico se abre más y más, en la medida en que se analizan fenómenos locales, modas imperantes, transformaciones tecnológicas y estrategias industriales.

Entonces, ¿cuál es el camino a seguir en la catalogación del material audiovisual?

Una opción es defender los modelos tradicionales, en aras de evitar el desborde de variantes inabarcables y con límites difusos, pero eso obligaría a negar lo evidente: los medios audiovisuales se transforman con enorme rapidez y lo que ahora es ley, mañana será obsoleto.

Otra posibilidad es imponer las pautas señaladas y probadas por otras disciplinas, como la bibliotecología, pero eso limitaría al audiovisual, que es un lenguaje independiente, obligándolo a adaptarse a ropas prestadas y, en muchos casos, inadecuadas.

La tercera vía sugiere abrir la mente a un sano eclecticismo y tomar de acá y de allá, con criterio incluyente, pero siempre con la idea de no extralimitarse y caer así en especificidades que lleguen a confundir la labor del catalogador. Todo esto, sumado a la colaboración interdisciplinaria y a una constante actualización que nos llene de competencias intelectuales, puede hacer más preciso el ejercicio de catalogación, para bien del rigor profesional y en beneficio del usuario, fin último de todos estos procesos archivísticos.

 

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