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El asunto de los géneros es uno de los principales puntos de debate en los talleres y seminarios donde se aborda la catalogación del material audiovisual: siempre surgen voces a favor y en contra de incluir éste o aquel género entre las opciones que el catalogador, casi siempre ajeno al mundo de la televisión y el cine, debe contemplar en su labor de clasificación. Las razones son muchas y todas llenas de argumentos que justifican una u otra posición: los referentes culturales, la tradición bibliotecológica, las pautas industriales y la influencia de un medio sobre otro (la literatura en el teatro, éste en la radio y ésta, a su vez, en el cine y la televisión y, de nuevo, en todos los sentidos posibles). Como sea, se percibe una situación clara: los géneros están "vivos" y se resisten a clasificaciones permanentes, estables y universales. Un género (o formato, porque acá también hay opiniones encontradas en el término adecuado) con amplio desarrollo en una década, puede pasar al olvido de un momento a otro (basta comparar el auge del reality show hace pocos años en la televisión colombiana y el escaso, casi nulo, despliegue actual). A eso hay que sumarle otra variable de gran importancia: la constante hibridación que, sobre todo en la televisión, presentan los géneros. Las telenovelas mezclan, desde hace muchos años y sobre todo en Colombia, el melodrama con la comedia o el musical; el reality show es, desde su propio origen, un mosaico de géneros como el concurso, el melodrama y el reportaje, además de incluir subgéneros como el reality de superación (por transformación o por talento), el de convivencia o el de supervivencia. El abanico se abre más y más, en la medida en que se analizan fenómenos locales, modas imperantes, transformaciones tecnológicas y estrategias industriales. Entonces, ¿cuál es el camino a seguir en la catalogación del material audiovisual? Una opción es defender los modelos tradicionales, en aras de evitar el desborde de variantes inabarcables y con límites difusos, pero eso obligaría a negar lo evidente: los medios audiovisuales se transforman con enorme rapidez y lo que ahora es ley, mañana será obsoleto. Otra posibilidad es imponer las pautas señaladas y probadas por otras disciplinas, como la bibliotecología, pero eso limitaría al audiovisual, que es un lenguaje independiente, obligándolo a adaptarse a ropas prestadas y, en muchos casos, inadecuadas. La tercera vía sugiere abrir la mente a un sano eclecticismo y tomar de acá y de allá, con criterio incluyente, pero siempre con la idea de no extralimitarse y caer así en especificidades que lleguen a confundir la labor del catalogador. Todo esto, sumado a la colaboración interdisciplinaria y a una constante actualización que nos llene de competencias intelectuales, puede hacer más preciso el ejercicio de catalogación, para bien del rigor profesional y en beneficio del usuario, fin último de todos estos procesos archivísticos. |
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