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Reflexiones sobre el cine silente colombiano

Por David Humberto Cortés
Estudiante de Medios Audiovisuales
Facultad de Ciencias de la Comunicación y Artes
Politécnico Grancolombiano Institución Universitaria

Reflexiones sobre el cine silente colombiano

Desde el punto de vista no de un académico, sino de un cinéfilo enamorado, siempre es grato encontrarse con las obras perdidas y más si son de su propia tierra. En el caso de la Colección de Cine Silente Colombiano, ésta no solo lleva a la gente una buena cantidad de material que no estaba disponible al público regular. Es un intento por recuperar algo que perdimos hace mucho tiempo y que, tal vez, es la labor de los cinéfilos y personas que se interesan en el séptimo arte: reconstruir la memoria visual de un pueblo que nunca tuvo, nunca supo que tenía, nunca ha querido recordar, pero sí le es más fácil olvidar.

El cine ajeno: cine de tradiciones

Imagen de "Bajo el cielo antioqueño"

La llegada de los Di Domenico a nuestro país no solo impulsó el séptimo arte como forma artística; a su vez se intentó instaurar una industria del cine Colombiano. Compañías como la SICLA de los Di Domenico, la empresa cronofónica entre otras invertían en la industria del cine colombiano, eso sí, siempre con una expectativa de una ganancia, pero también esto significó una tradición, tanto técnica como artística. Ya que los Di Domenico habían aprendido a manipular toda la infraestructura del cine (revelado, positivado y exhibición) esta tradición lastimosamente se perdió con todo (la guerra y los conflictos del errático ser humano son implacables y exterminan todo a su paso), dejando los costos y la artesanía del cine a una labor extranjera y dependiente por parte nuestra. Entre las influencias más claras de la puesta en escena están la literatura y el teatro europeo de finales de siglo XIX; esto se vio más adelante en el género preferido por los realizadores de la época que fue el melodrama; casos particulares como Bajo el Cielo Antioqueño de Arturo Acevedo Vallarino, de nuevo otra costumbre perdida, y ésta que es la más dolorosa herida para los cinéfilos y académicos, no se puede negar que el género ha sido explotado en su máxima potencia, pero siempre apropiando estándares de la puesta en escena del montaje e incluso del marketing propiamente estadounidenses, y siempre centralizando los relatos, el costumbrismo y la tradición popular en la pantalla chica y grande; es una gran utopia que vivo y murió en el cine silente colombiano. El único medio en nuestro país que ha sentado y formando una memoria visual es la televisión, pero también edificando un falso pasado, en la memoria de todos sabemos que Chaplin es el rey del slapstick, pero no que en nuestro país el cine comenzó como tal desde 1915 y que, además, sus historias de campesinos, de amor prohibido entre la campesina y el hijo del acaudalado dueño de la hija, tal vez rebosaban de una ingenuidad cómica y muy rosa, pero tenían el valor de mostrar una identidad: no puede existir un concepto de cine propio sin una tradición a sus espaldas.

Memoria visual perdida: un intento por recuperar nuestra identidad

El cine es un reflejo infinito y perpetuo de la manera de mirar de una sociedad: sus gustos, sus costumbres, es tal vez el registro de ficción que trata de reflejar con la mayor veracidad posible una época. El material en esta época era muy sensible y su autocombustión causó la pérdida de mucho material, pero la ardua labor de la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano y las entidades que la precedieron nos permitieron recuperar esta memoria, para así saber quiénes somos y cómo nos representábamos como sociedad y como individuos por medio del arte. Los realizadores de hoy en día tienen en su referentes a los grandes del Avant Garde norteamericano y Europeo (algunas excepciones van a nuestro caso) pero nombres como Lynch, Kounen, Fincher etc. son el paso a seguir. ¿Cómo construimos un cine autóctono sin siquiera saber quiénes estaban detrás, hace mucho tiempo, construyendo relatos, imaginarios y fantasías en la pantalla? Ésta es una oportunidad para que los cineastas, artistas y el pueblo observemos quiénes pudieron ser nuestros colegas. Maestros, modelos a seguir, no solo en ideales, estos documentos son la evidencia de que como pueblo nuestra forma de ver el mundo por medio del arte era única y autóctona, no adornada y extranjerizada: El drama del 15 de octubre (1915), es la reconstrucción del asesinato del general Uribe Uribe con los actores intelectuales del hecho, y no solo eso, aparte de tener a los verdaderos asesinos en la pantalla, se desarrolló in situ. Esto podría sentar el precedente de la primera pieza de cine político que haría que Pontecorvo y Gavras se sonrojaran: no podemos dudar que son maestros en su género y sus técnicas, pero, ¿por qué no lo podían ser también los di Domenico con esta pieza?

Imagen de "El drama del 15 de octubre", de Vincenzo di Domenico

Para concluir podemos citar un referente cinematográfico propio que va al caso de la pérdida de la memoria visual: en Garras de oro (1926) la secuencia final muestra una toma coloreada cuadro por cuadro de la bandera de nuestra patria, ondeando en los cielos, mientras un niño y un adulto al piano cantan el himno nacional; una pieza, unos cientos de fotogramas son el único vestigio de concepto de patria, de orgullo nacional en nuestra cinematografía. Este material va a reactivar un nuevo capítulo en nuestro subconsciente, el de un cine hecho con amor, con pasión (como cada amorío, lleva consigo muchas desventuras) pero más que todo con tradición; los campesinos y la tierra son nuestra tradición, preservarla es acto de conciencia cultural; los nuevos medios digitales son una opción para preservar el material por mucho tiempo y éste es un gran paso por masificar la preservación y además la transmisión de una tradición ya olvidada que merece "y debe" ser reapropiada.

 

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