![]() |
|
|
|
|
|
Por Rito Alberto Torres La importancia de La tragedia del silencio en un período fundacional de nuestra cinematografíaEn mayo de 1924, en Bogotá se realizó la presentación pública de un empeño artístico y empresarial, sin precedentes en el cine nacional: la puesta en marcha de La Casa Cinematográfica Colombia. Como director y gerente se encontraba don Arturo Acevedo Vallarino, cabeza de un grupo familiar dedicado por entero al cine, que se conoce en la historia de la cinematografía colombiana como Los Acevedo. El evento convocó a prestantes autoridades del gobierno nacional y municipal, así como a representantes de la Iglesia, quienes recibieron el anuncio de que la primera película de largometraje de La Casa Cinematográfica Colombia, La tragedia del silencio, estaría lista para su estreno en los próximos meses.
Entusiasmado y lleno de fervor patrio, el por entonces presidente de la república, Pedro Nel Ospina, en su discurso a los asistentes reafirmó con la frase «Hemos de tener arte propio» el anhelo, que ya existía, de crear y producir un cine que se identificara como propio. En el evento lo acompañaron monseñor Ismael Perdomo y los responsables de los ministerios que se habían creado ese mismo año: el de Industria y el de Correos y Telégrafos, encargado por esos días a don Miguel Abadía Méndez, quien posteriormente, en 1926, sería elegido presidente de la república en sucesión de Ospina. También se hicieron presentes el gobernador de Cundinamarca y el alcalde de Bogotá. La concurrencia de las altas autoridades eclesiásticas y civiles es una constante en el ritual de inauguraciones de las obras y empeños que pretenden trascender en la institucionalidad colombiana. Verificándose aquí una circunstancia que desde la perspectiva histórica adquiere un mayor simbolismo, pues fue durante el decenio de los años ochenta cuando las políticas gubernamentales y en general la legislación se encontraba a cargo del Ministerio de Comunicaciones, nombre con el cual se conoció desde 1953 el ministerio de Correos y Telégrafos, cuando el cine colombiano vivió su otra etapa floreciente, en el siglo pasado sólo comparable, por el número de producciones, con esta de los años veinte. Para la época, como ya lo anotamos, en Colombia se habían estrenado muchos cortometrajes filmados en el país y ya estaban, registradas en película, algunas de las principales ciudades de la Colombia de principios del siglo XX. Se conocían películas de largometraje hechas en Colombia como El drama del 15 de octubre, dirigida por el italiano Vincenzo Di Domenico y producida por su hermano Francesco, que tuvo como fecha de estreno, en sus pocas exhibiciones, el año de 1915. Ya había pasado también por las pantallas nacionales María, estrenada en 1922, que aunque basada en el clásico de la literatura colombiana, fue dirigida por los españoles Alfredo del Diestro y Máximo Calvo y actuaba la actriz mexicana Emma Roldán en el papel de la madre de Efraín. Una prueba de confianza en el talento nacional, si así se puede entender, o una estrategia hábil para promocionar La tragedia del silencio, fue acudir al nacionalismo y anunciarla como la primera película auténticamente colombiana. El estreno se hizo coincidir con los días de las fiestas patrias del 20 de julio, se realizó en el Teatro Faenza de Bogotá, a pesar de varios accidentes que ocurrieron la noche del estreno, como la pérdida de uno de los rollos —el cual no se proyectó— y el desenfoque con que se vieron las imágenes, la invocación patriótica funcionó y el público respondió. La crítica, propensa a la exaltación de los valores católicos, que la película pondera, le concedió favorables comentarios. Las funciones se realizaron con afluencia de público y «fue exhibida en Bogotá por 17 veces con un lleno total en cada noche», según nos lo recuerda Edda Pilar Duque en su libro La aventura del cine en Medellín.
Colombia, en los años veinte del pasado siglo, se encontraba en una etapa de superación del ambiente de agitación social que había sido su entrada al siglo veinte, con la Guerra de los Mil días y la separación de Panamá como acontecimientos de mayor impacto. La población del país se acercaba a un total de 6.000.000 y sólo una cuarta parte habitaba en las zonas urbanas. En agosto de 1922 asumió la presidencia Pedro Nel Ospina Vázquez (1858-1927), quien encabezó un gobierno signado por un gran pragmatismo que buscó hacer eficiente la administración pública; no en vano el presidente, que también era general de la república, había sido educado en Estados Unidos como ingeniero. Pedro Nel era, además de escritor, un aficionado a las artes escénicas y en los periódicos de Bogotá de la época figuran sus críticas a las obras teatrales que se encontraban en cartelera en los teatros capitalinos, firmadas bajo el seudónimo de Rob Roy; en ellas se destaca su interés por las obras de autores nacionales. Ospina es autor del prólogo a la primera edición en 1886 de la primera novela de Tomas Carrasquilla Frutos de mi tierra1. Durante su gobierno, mediante la expedición de la Ley 31 de 1923, se creó el Ministerio de Correos y Telégrafos, predecesor del Ministerio de Comunicaciones, se introdujo la radiodifusión con los primeros receptores de onda corta y se inauguró la primera estación internacional de radiocomunicaciones. En los años veinte del siglo pasado se da un periodo de recuperación y consolidación institucional. Estados Unidos paga los primeros 5 millones de dólares de un total de 25, de la indemnización por la pérdida de Panamá. Durante estos años se recibieron «generosos» empréstitos provenientes del extranjero principalmente de Estados Unidos e Inglaterra, por estas mismas fechas se descubren los primeros yacimientos de petróleo, se amplía la extensión de la red férrea y de carreteras, lo que permitió que una primera bonanza cafetera consolidara la propagación de los cultivos y el embrión de una cultura cafetera que hoy se reconoce como una de las manifestaciones de la identidad colombiana. Esta época se conoce por parte de los historiadores, desde el punto de vista económico, como «la danza de los millones». Durante el gobierno de Pedro Nel Ospina se contrató la Misión Kemmerer, un quinteto de expertos norteamericanos en finanzas liderado por el profesor Edwin Walker Kemmerer, y de sus recomendaciones surgirían el Banco de la República y la Contraloría General. En un ambiente nacional que propiciaba la migración campesina hacia las ciudades, en el campo cultural permitió el florecimiento de movimientos artísticos y literarios con intereses nacionalistas, antiacadémicos y populares, de la mano de pintores como Pedro Nel Gómez y Luis Alberto Acuña, escultores como Rómulo Rozo y Ramón Barba, y escritores como León de Greiff, Porfirio Barba Jacob y Rafael Maya. A su vez, el cine ya estaba posicionado como el entretenimiento preferido de los colombianos: prueba de ello es la construcción de grandes teatros para su exhibición a lo largo del país como el Faenza, en Bogotá, y el Junín, en Medellín, ambos inaugurados en 1924, el Municipal, en Cali, que abrió sus puertas en 1925 o el Garnica, en Bucaramanga, que se había inaugurado en 1923, por sólo citar algunos ejemplos. Son notorios los anuncios en la prensa de Bogotá y Medellín acerca de la venta de proyectores de cine de tipo portátil y hasta la restauración de películas ya se iniciaba, como lo prueba el anuncio de La Casa cinematográfica Colombia.
El rodaje y la exhibición de películas producidas en el territorio nacional, basadas en melodramas de inspiración autóctona, con capitales nativos y la participación de la empresa privada en su financiación, demuestran que fue en estos años cuando el cine colombiano tuvo su primera época de auge y una etapa fundacional. Entre 1922 y 1928 se filmaron y estrenaron dieciséis películas de largo metraje, incluido el documental Manizales City de 1926, y se impresionaron muchos metros de película.
En el año de 1924, Los Acevedo —don Arturo Acevedo y sus hijos Gonzalo y Álvaro Acevedo Bernal principalmente—, iniciaron el registro de acontecimientos de la vida pública colombiana, con la filmación de los funerales del general Benjamín Herrera, dando comienzo, con un sentido periodístico innato, su recorrido por el diario acontecer del país con el Noticiero Nacional, competencia directa del Sicla-Journal de los hermanos Di Doménico. A esta etapa pertenecen las imágenes de los Carnavales Estudiantiles de Bogotá, reinados de belleza, carreras en el hipódromo de La Magdalena, manifestaciones callejeras, travesías en avión y en embarcaciones por el río Magdalena, además de varios cortometrajes institucionales. Los Acevedo, al haber filmado el «te-coctel» del lanzamiento de su casa productora, así como al publicar el primer número de la revista Cine Colombia órgano de promoción de la Casa Cinematográfica Colombia donde destacan las imágenes de la inauguración de los estudios, demuestran que más allá de un interés comercial estaba en curso el embrión de una expresión de carácter nacional a través del cine.
El éxito que supuso la presentación en Bogotá de La tragedia del silencio traspasó fronteras y propició su exhibición en Venezuela y Panamá. Precedida de esta fama llegó La tragedia del silencio a Medellín para su estreno en el Junín, el 9 de octubre de 1924, 5 días después de haber sido inaugurado este imponente teatro.
El cine entrelazó la vida de los Acevedo con la de Gonzalo Mejía, empresario antioqueño que, en 1914, ya había fundado la Compañía Cinematográfica Antioqueña, dedicada a la distribución de películas extranjeras. Emprendedor y arriesgado, el 4 de octubre de 1924 Mejía inauguró en Medellín una colosal obra arquitectónica, gracias a la sociedad con los hermanos Di Doménico, los empresarios bogotanos Nemesio Camacho y Camilo Restrepo y el norteamericano Harold Maynham: el Teatro Junín, que estaba unido al Hotel Europa, era un recinto con capacidad para más de 4.000 espectadores, en una ciudad que no llegaba a los 120.000 habitantes. En Medellín, La tragedia del silencio aumenta su valor como película motivadora en el desarrollo de la cinematografía colombiana. Al otro día del estreno se podía leer en los periódicos de la «Bella Villa» elogiosos comentarios. Por ejemplo, en La Defensa se afirmaba: «Delicado argumento, magnifica confección, hermosos paisajes detalles de nuestras costumbres y cosas nacionales». En el periódico Colombia se decía de los realizadores Arturo Acevedo Vallarino, como director, y Hernando Bernal, como camarógrafo: «ya muchas casas extranjeras filmadoras de cintas, quisieran tenerlos a su servicio».
Pero volvamos a La tragedia del silencio. Otra de las particularidades de esta película es la de ser la única cinta colombiana del período silente que contó con una composición musical, especialmente escrita para acompañar la proyección del filme. La música original para La tragedia del silencio es de la autoría de Alberto Urdaneta Forero (1895-1954), quien es recordado por la Guabina chiquinquireña. Sin embargo, el interés de este compositor sobrepasaba la música popular: su preocupación era crear «música escénica» y su afán era el de afianzar una tradición nacional que le hiciera contrapeso a las compañías de zarzuela y variedades que visitaban el país. Lo mismo que buscaban los Acevedo y Gonzalo Mejía para el cine nacional. Arturo Acevedo Vallarino (1873-1950) era dentista de profesión y participó en la Guerra de los Mil Días como soldado de las filas conservadoras. En 1904 se integró a la 'Gruta Simbólica', grupo de tertulia literaria de la Bogotá de comienzos de siglo XX, a la cual pertenecían el poeta Julio Flórez, el músico Emilio Murillo, el escritor Clímaco Soto Borda y el político, que luego fuera presidente de Colombia, Enrique Olaya Herrera, entre otros. Acevedo Vallarino había logrado una reputación en el ámbito teatral bogotano, con sus grupos Scala de Chapinero y la Compañía Dramática Nacional. Fue impulsor y miembro fundador del primer intento de agremiación de autores teatrales de que se tenga noticia en el país: la Sociedad de Autores Nacionales. Como empresario cinematográfico, Acevedo Vallarino había programado cine extranjero en el Teatro El Bosque de Bogotá, de forma tal que percibía el creciente interés del público por el espectáculo cinematográfico. Arturo Acevedo y sus hijos Álvaro y Gonzalo representan para el cine colombiano las más fecunda y larga dedicación: desde 1920 hasta 1955 realizaron registros documentales siendo los pioneros del periodismo cinematográfico en Colombia. El legado de su acervo es de vital importancia en el patrimonio audiovisual colombiano. De alegorías y autorías Aunque el argumento y la trama de La tragedia del silencio se han adjudicado a Arturo Acevedo Vallarino, es posible colegir que esa mención de responsabilidad ha sido por lo menos parcialmente errónea. En la revista Cine Colombia No 1 de mayo de 1924, que «publica las novelas de las películas de la Casa Cinematográfica Colombia», se incluyen como artículo central el prólogo y cuatro capítulos de la novela cinematográfica de La tragedia del silencio, donde aparece el nombre de H. González Coutin como presentador, arriba del título. El investigador Gonzalo Díaz Cañadas, en su publicación El patrimonio fílmico del Chocó (noviembre de 1986), ya había anotado que La tragedia del silencio fue una película cuya adaptación y argumentación era «del doctor Arturo Acevedo Vallarino de la novela corta del chocoano Heliodoro González Coutin». Esta misma «novela cinematográfica» trae en su prólogo dos narraciones que presumiblemente hacían parte de la película: una de carácter bíblico y otra que alude a las guerras civiles. De una de ellas, la revista Cine Colombia, en su primer número, trae una reproducción con la imagen de Cristo y el nombre del respectivo intérprete y otra es la de una representación de Bochica, según el mito prehispánico chibcha la que no está presente en los relatos. Al no haber sobrevivido estos apartes de la película, nos tenemos que basar en los pies de página y la interpretación de las imágenes: esto último permite darse cuenta de que son de una inspiración alegórica y por lo tanto, presumiblemente, fuera escenas con figuras casi inmóviles cargadas de símbolo echando mano para las puestas en escena que ya no buscaban expresar una idea abstracta, pero sí representar e ilustrar mundos imaginarios como la vida de Jesús o las mitologías indígenas. Mientras las escenas que aluden a la guerra civil se combinan como una recreación de un campo de batalla que a pesar del pobre testimonio gráfico se notan más dinámicas.
En el fragmento que sobrevivió de La tragedia del silencio se puede seguir una historia centrada en el drama de un supuesto enfermo de lepra. Él es un ingeniero que trabaja para la empresa del Ferrocarril Central, mientras en su tiempo libre se dedica a preparar los planos para el orfanato de un amigo de la familia, el padre Alberto, alter ego que hace referencia directa al célebre padre Almanza (fray Rafael Almanza (1840-1927) otras de las claves del éxito de La tragedia del silencio con la prensa católica, a lo cual hacíamos referencia al comienzo de este escrito. A nuestro ingeniero se le informa de unos resultados de laboratorio donde se le diagnostica la fatal enfermedad. Mientras que, desanimado, nuestro protagonista intenta suicidarse, su esposa es cortejada por un estudiante, del cual nuestro ingeniero es el acudiente. Finalmente el protagonista es informado que para el resultado de sus exámenes de laboratorio se habían confundido las pruebas, por descuido de un auxiliar, y que por lo tanto era equivocado el diagnóstico, referencia directa, con un primitivo flash back, al doctor González Coutin especializado en este tipo de pruebas, como se puede observar en los anuncios de prensa. Finalmente el ingeniero se sobrepone a las adversidades y triunfa el amor conyugal. (Ver video tomado del fragmento preservado que fue musicalizado a partir de la interpretación de la partitura original del "valse" de Alberto Urdaneta F.).
1 En Cinembargo Colombia —ensayos críticos sobre cine y cultura— diciembre de 2009, su autora Juana Suárez trae a colación la observación del crítico Idelber Avelar acerca de que en Frutos de mi tierra es cuando —en Colombia— el dinero comenzó a ocupar un lugar central en la ficción. La profesora Suárez homologa, por la misma razón, la novela de Carrasquilla con la película de Acevedo y Mejía Bajo el cielo antioqueño (1925). |
|
Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano © 2004-2009, todos los derechos reservados |